En mis sueños la vi.
Vi una gárgola posada en la fachada de un viejo rascacielos, impasible, y a la luna definiendo su pétreo perfil con su luz fantasmal. De noche, no me atrevería a apostar por el corazón que empezó antes a latir, el de fría plata astral o el de piedra erosionada; puede que lo hicieran a la vez. Pero parece imposible que aquella figura recortada entre piedra y constelaciones se rija por el tiempo; algo en su expresión eterna sugiere que sólo se postra ante el viento que la acaricia y la luna que la alumbra. Todo lo demás le resulta tan vacío y abstracto como el horizonte al que mira, cada vez más artificial.
Allí sentada, con la mente opaca y vacía, se limita a observar con sus ojos infinitos lo que ocurre a sus pies sin prestarle la menor atención. Los árboles de la calle siguen cambiando de color, desnudándose y volviéndose a vestir sin que cambie nada para la gárgola. El sol la calienta cuando brilla poderoso justo sobre su cabeza, y la luna va cambiando su forma en una danza sin fin, como siempre. En los días de tormenta, recibe la lluvia y la toma entre sus alas recogidas, dando de beber a cientos de aves cuando regresa la calma, como siempre. Durante el frío invierno recoge la nieve, entregándosela como ofrenda al sol, que la funde entre sus dedos, como siempre. Y todas las noches me recibe a mí, sin saberlo, y yo la observo a través de un sueño que no se decide a abandonarme. ¿Qué hago yo allí? Puede que sea ella misma la que me lleva incesantemente a su lado porque se ha cansado de observar; porque puede que el viento no tenga la suficiente fuerza para dominar su vuelo y que la luna le quede demasiado lejos.
En ese caso, vuela hacia el horizonte si es donde anhelas llegar cada vez que mis párpados se cierren, y ven a sellarlos con tus fríos besos de buenas noches. En ese caso, gárgola, te soñaré libre y nunca más nada será como siempre.









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