La niña del volcán

La niña del volcán

Caminaba deprisa, como siempre, con la mirada fija en la pantalla del teléfono. Tenía varias decenas de correos sin leer en la bandeja de entrada, como siempre. Pensaba en la reunión de las diez y en la cena con los socios en un restaurante caro y pretencioso, como siempre. Pensaba en el fin de semana en el que, por fin, vería a sus amigos y, quizás, pasarían la noche en vela entre risas y cerveza. ¿Cuánto hacía que no pasaba una noche sin dormir por estar con ellos? No lo sabía.

Al llegar al parque de las figuras de piedra, a apenas diez minutos a paso ligero de la oficina, recibió un mensaje. Era de su madre, una fotografía. En ella, aparecía ella de niña -debía rondar los 9 años- pintando en un cuaderno.

«Mira lo que encontramos anoche tu padre y yo revisando fotos antiguas. ¿No te parece adorable? Que feliz se te ve pintando en tu cuaderno, ¿lo recuerdas? Voy a buscarlo a ver si lo encuentro y te vienes un día y lo miramos, ¿sí? Que tengas un buen día en el trabajo, no te molesto más. Un beso de parte de los dos

Se paró en seco en medio del camino de tierra. Hacía mucho tiempo que no veía a sus padres. Y había olvidado por completo que una vez fue niña, y que dibujaba y sonreía porque no tenía que preocuparse por nada. Observó más atentamente la foto. Se fijó en el dibujo y al momento lo recordó. Era el dibujo de un volcán dormido que emergía de una selva de muchos tonos verdes, amarillos y violetas. ¿Qué fue de ese cuaderno? En él estuvo pintando hasta los quince años. Era un enorme cuaderno de tapas color ocre y hojas gruesas que su madre le regaló por su cumpleaños, aunque no recordaba cual.

¿Dónde quedó la niña del volcán? ¿En qué momento se convirtió en el tipo de adulto del que siempre se reía de pequeña por ser demasiado serio?

Ese día salió del trabajo, por primera vez en meses, a su hora. Tenía tres horas hasta la cena con los directivos, así que decidió ir a pasear por las calles de la ciudad, sin prisa. Llegó a la plaza de la catedral a la vez que el ocaso. Sus pasos la habían llevado, quizá inconscientemente, ante la tienda de utensilios de dibujo a la que tanto iba años atrás, cada vez que necesitaba lápices, acuarelas, o simplemente embriagarse del olor a pintura y disolvente. Seguramente de allí sacó también su madre aquel cuaderno en el que había estado pensando todo el día.

Al abrir la vieja puerta de madera y cristal sonó una alegre campanilla, y aquel sonido volvió a llenarle la mente de recuerdos de su infancia y parte de su adolescencia. Recorrió lentamente los pasillos de la tienda, rozando con las yemas de los dedos las cerdas de los pinceles, la rugosidad de los lienzos, el blanco roto del papel. Su abrigo, bolso y zapatos de tacón, innecesariamente caros y formales, se sentían ridículos en aquella acogedora tienda. La mano que ahora tenía libre, en otro momento sujetó la de su madre, o la de su abuelo. Pensó en él mientras tomaba un cuaderno y una caja de acuarelas, un par de lápices y una goma para llevárselos a casa.

La niña del volcán sonrió, satisfecha.

Cuando salió de la tienda y miró el reloj, se dio cuenta de que no había tiempo para ir a casa, dejar las cosas, y mucho menos cambiarse para la cena. Pero esta vez pensó, «¡qué más da!», y dirigió sus pasos a la boca del metro para ir al restaurante, en la zona alta de la ciudad. En aquel vagón atestado de gente, se sorprendió protegiendo más la bolsa repleta de acuarelas que el bolso. A medida que se iban acercando a las zonas más altas, los vagones se iban vaciando sorprendentemente rápido. «Claro -pensó-, la gente de esta zona cree que viajar por el subsuelo es caer demasiado bajo». Ese pensamiento la sorprendió por su súbito rechazo a la clase social y los lujos que desde que entró en la vida adulta luchó por conseguir.

La niña del volcán empezó a aplaudir, divertida.

Entró en el restaurante, cinco minutos antes de la hora acordada, pero, aun así, ya estaban todos los comensales sentados y compartiendo una botella de vino, charlando y riendo estruendosamente alrededor de su silla vacía. A parte de ella, tan solo había otra mujer, callada y sonriendo incómodamente. Cuando la vio acercarse, sus ojos se agrandaron, encantados de ver una cara conocida; trabajaban en distintos departamentos de la misma empresa, así que habían coincidido varias veces en reuniones y cenas de este tipo.

Uno de los hombres la observó todo el camino hasta que se sentó justo a su izquierda, y soltó:

—Aquí llega una que ha estado trabajando hasta tarde, ¿eh?

—Uy, ¡pues como siempre! —añadió otro hombre al que ella ya conocía—, ¿no te ha hablado Herrera de ella? Es una trabajadora nata, hasta que no lo deja todo hecho no se va a casa.

—Pues encantado de conocerla, señorita. Estoy seguro de que trabajar con usted será todo un placer.

Le dio asco. Le dio asco la mirada lasciva vestida de traje y con olor a tabaco industrial que la estuvo persiguiendo todo el camino hasta que se sentó. Le dio asco que se valorara a los trabajadores por las horas extra no remuneradas que estaban dispuestas a hacer y no por su calidad como personas. Lo peor es que no era nada nuevo para ella. Se movía en un entorno de hombres de negocios, en el que todo lo que tenía dependía de ellos. Y eso le daba ganas de no tener nada.

El resto de la cena transcurrió con normalidad, como todas las demás. Hablaron de negocios y no hubo más miradas lascivas ni ningún roce por debajo de la mesa, solamente una tarjeta de contacto más en su cartera. Pero, aun así, la niña ya no sonreía. El volcán tampoco estaba en calma. Sentía que había algo a punto de estallar; no quería seguir perteneciendo a ese mundo.

Cuando llegó a casa, sacó todo lo que había comprado de la bolsa y lo colocó cuidadosamente en la mesa del comedor. Se preparó un vaso con agua para las acuarelas, se sentó, y abrió el cuaderno. Se quedó mucho rato, aunque no podría decir cuanto exactamente, observando aquellas páginas en blanco. Tenía muchísimos colores, infinitas posibilidades en esa hoja desnuda, pero ninguna idea.

De repente, y casi sin darse cuenta, su mano empezó a moverse por sí sola, como solía hacer antaño. Primero con el lápiz, trazando líneas monocromas, y después añadiendo los aguados colores. Se sorprendió al terminar su primer dibujo después de tantos años; era como si nunca hubiera dejado de pintar.

Había dibujado su propio volcán, un volcán de hastío, el volcán de su vida adulta. Y estaba en erupción. Rocas y humo salían despedidos de su cráter, y la lava arrasaba cruelmente con toda la vida que habitaba en su falda.

Necesitaba reconciliarse con la niña de su interior, con aquella criatura sonriente que soñaba con poder dibujar toda su vida. Quería redimirse por haber vendido sus sueños al mejor postor, por cambiar los pinceles por cubiertos en restaurantes caros, las hojas de su cuaderno por tarjetas de contacto, y la bolsa de la tienda de la plaza de la catedral por un montón de bolsos de marca.

La niña del volcán aceptó complacida sus disculpas, entre paisajes, cielos, pueblos y todas las acuarelas que fue creando sin cesar aquella noche. Era como cuando dejaba el correo electrónico desatendido un par de días y los mensajes se acumulaban, pero con imágenes que debía pintar. Y habían sido demasiados años de desatención. Sus manos trabajaban como una impresora industrial, y el amanecer la sorprendió entre hojas arrancadas llenas de color. Tomó el primer dibujo, el del volcán, y salió a la terraza. De repente le molestaba la ropa que llevaba, que era todavía la del día anterior, y se desvistió. La ciudad todavía estaba dormida, y le gustaba sentir la tenue calidez del sol de otoño sobre su fría piel.

Dirigiendo de nuevo su mirada al dibujo, pensó en la devastación que sigue a la erupción de un volcán que llevaba mucho tiempo dormido, ignorando su naturaleza. Se imaginó la tierra calcinada, los troncos carbonizados, el aire ceniciento. Pensó que para plasmar aquella imagen le bastaba con un lápiz, pues no había cabida para más colores en ella.

—¿Ahora lo entiendes? —habló la niña.

—Creo que sí —respondió la adulta.

—La ceniza y la cal crean nueva vida, ¿no es así?

—Y donde no hay color las posibilidades son infinitas.

—Tienes el boceto en tus manos, y ahora eres libre de hacer lo que quieras con él.

—Pues me gustaría que tú me ayudaras a pintarlo.

Durante ese cálido amanecer, la mujer y la niña se dieron la mano muy lejos de ese balcón. En un páramo de tonos grises, clavaron la bandera de su nuevo comienzo. Porque cuando su volcán arrasó con todo, cuando pudo decidir si reconstruir o inventar, fue cuando se dio cuenta de la importancia de no perder nunca aquello que estuvo guardando todos esos años para ella la niña del volcán: la capacidad de imaginar.

Una respuesta a «La niña del volcán»

  1. Avatar de mamamono

    >>Un niño siempre encontrará la libertad en su imaginación, un adulto que ha perdido su niño interior será siempre esclavo de la realidad.

    >>No debemos olvidarnos de quienes somos, ni cuáles son nuestros sueños o qué es lo que nos hace felices. Lo mejor que puedes hacer si te pierdes es volver a tu interior y seguir desde ahí.

    Este sería un poco el mensaje que buscaba transmitir, pero transversalmente he aprovechado el contexto de la protagonista para criticar un poco la sociedad actual, donde se valora a las personas sobre todo por las horas que dedican a un trabajo que muchas veces no les hace felices a cambio de una compensación económica (que no compensa). Critico también la alta sociedad, la alienación de esta del resto de personas una vez adquieren un determinado estatus, de sus miradas por encima del hombro. Por encima de todo, ataco a una sociedad de apariencias, en la que se lucha por poco más que por una imagen inmaculada y por tener más y más, pasando por encima de las personas, de la naturaleza y de todo aquello que se entrometa en su avaricioso afán.

    **

    El relato lo escribí hace más de medio año, pero no me animé a publicarlo. Hoy os lo presento, y espero que os guste, que os anime a conectar con vuestr@ niñ@ del volcán.

    Basado en la canción “La niña del volcán”: https://www.youtube.com/watch?v=ZxNzi0knBSk

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Soy Mireia,

Y os doy la bienvenida a mi bosque, donde bestias de tinta se alimentan de palabras y crían historias.