El corazón del árbol

El corazón del árbol

Llevo viviendo recluida en mi habitación mucho más de lo que quiero recordar. Desde que los médicos me recomendaron guardar cama, el tiempo y el espacio han perdido su identidad. Cada día parece ser una copia exacta del anterior, y me atrevo a asegurar que podría dibujar el patrón de gotelé de las paredes que me rodean de memoria. Procuro refugiarme en los libros, la televisión y la pintura.  

En mi calle hay plátanos de sombra, como en casi todas las ciudades de alrededor. Desde la ventana de mi habitación, un tercer piso, los he visto crecer año a año.  

Esta primavera me gustan más que nunca, pues la copa de uno de ellos me oculta totalmente la monótona visión de los edificios de enfrente, lo que me permite imaginar que estoy viviendo en una cabaña en lo alto de un árbol tropical. Me da la sensación de que sus ramas se estiran cada día más y más en dirección a mi ventana.  

Un día, distingo entre su follaje una bola de semillas algo distinta a las demás. Tiene un tono verde chillón mucho más intenso que el de las hojas que la rodean. Hay algo en su rareza que me atrapa.  

Me dedico a observarla. Lo que un día parece una cereza inmadura y rugosa, pronto se va convirtiendo en algo más parecido a un melocotón, y después a un enorme mango. Cada día me parece tenerla más cerca.  

El día que toca mi ventana, de la rama ya cuelga una especie de capullo gigante. No entiendo cómo la delgada rama que lo sujeta no se ha doblado por su peso.  

Decido abrir la ventana, no sin esfuerzo, para tocar aquel intrigante fruto. Ya debe tener el tamaño de una cabeza humana, más o menos. Lo intento coger, pero la rama no lo suelta, como si al separarse fuera a morir el árbol entero. Siento que es el mismo corazón del árbol lo que está entrando en mi habitación. Nunca había visto nada así, ni siquiera en las películas. Decido dejar que repose en el marco de mi ventana. Hace calor y no me molesta la brisa que entra por el hueco que deja.  

Por algún motivo, decido no contárselo a nadie. Cuando mi madre entra en mi cuarto, se encuentra con mi caballete y el lienzo en el que estoy trabajando últimamente convenientemente situados ante la ventana. Ese capullo, o lo que sea, es algo único, y es algo mío. Temo que, al descubrirlo, mamá lo corte y me lo arrebate.  

Al acostarme por la noche, el enorme bulbo emite un destello suave y veo discretos copos de luz emerger de su redondeado vértice. Viajan por mi habitación y se posan en los muebles, languideciendo al tocar la madera, como polen cayendo en un río. Su contacto con mi piel es más una impresión que algo real, pero cuando se desvanecen dejan una sombra fría donde había luz.  

Me gusta acariciar a mi extraño inquilino desde la cama. Resulta agradable al tacto: suave como un cachorro, a la par que duro y terso. Siento que cada día crece un poco más, y su color chillón original va languideciendo a su vez. Se torna más apagado y oscuro cada día que pasa, y empiezan a aparecer vetas ambarinas que trepan de la rama hasta la base del bulbo, tragándose el verde poco a poco.  

Cuando el último resquicio de su color original ha desaparecido, el bulbo empieza a vibrar. Es algo apenas perceptible, pero el castañeo del cristal de la ventana lo delata. Al acercarme, me parece que el bulbo late, aunque de una forma superficial y rápida, como el corazón de un ratoncillo. Poco a poco, la frecuencia sigue aumentando hasta el punto en que me parece más bien un zumbido. El brillo también se hace más intenso, llegando a ser visible incluso de día. La habitación empieza a llenarse de copos luminosos que ya no mueren con tanta premura.  

En apenas una hora, parece que todos mis muebles vayan a echarse a volar, como si Campanilla hubiera vertido su polvo mágico por toda la habitación. Yo misma me siento distinta. Me miro las manos, cubiertas de ese polen brillante.  

La luz que debe salir por el resquicio de la puerta parece haber alarmado a mi madre, que entra en mi habitación rompiendo con su bruta urgencia, durante un segundo, la paz que me rodea. Me señala, muda, boquiabierta y a medio vestir.  

—Mira, mamá. —La miro y le sonrío, llenándose mi boca de cálidas luces—. Ha pasado algo maravilloso.  

El cálido cuerpecito que yace en mis brazos se estremece.  

Una respuesta a «El corazón del árbol»

  1. Avatar de Mireia Cotarelo

    ¡Espero que os haya gustado! Es otra de mis tareas para mi curso de escritura, este es del primer módulo que hice.

    Me gustaría leer vuestras interpretaciones e impresiones sobre este texto antes de añadir yo nada más.

    ¡Un saludo!

    Me gusta

Replica a Mireia Cotarelo Cancelar la respuesta

Soy Mireia,

Y os doy la bienvenida a mi bosque, donde bestias de tinta se alimentan de palabras y crían historias.