—Entonces qué, ¿te vienes conmigo?
Su aliento inundó mis fosas nasales de whisky y tabaco, tan cerca como estaban todavía nuestras bocas. Parecía un buen tipo, pero la verdad es que poco me importaba. Raras veces encuentras el amor en un garito a las cinco de la mañana. Y, honestamente, esa noche me conformaba con un polvo decente.
Me había acercado a él al verlo en la barra del Trotamundos, el garito al que solía ir los viernes después del trabajo, porque me recordaba a mi primer ex: ojos grises, cejas pobladas, y pelo negro, aunque este tenía más cara de mala leche y voz de locutor de radio, grave y seductora.
Conseguimos un taxi, cuyo conductor nos miró con suspicacia, como si valorara si íbamos lo suficientemente borrachos como para llenarle la tapicería de vómito. Supongo que decidió que no, o quizá optó por arriesgarse a cambio de cobrarnos la tarifa nocturna más la propina que se añadió. En cualquier caso, llegamos a casa de… ¿Rafa? ¿Raúl? Dejémoslo en R, poco después.
—Pasa, ponte cómoda —Abrió la puerta tras un rato intentando atinar la llave en la cerradura y me invitó a pasar.
—¿Vives solo? —pregunté mientras me quitaba la chaqueta y me descalzaba.
—Tengo un compi, pero se ha ido este finde con la novia por ahí.
—Guay, nadie nos molestará entonces —Lo cogí de la camisa y lo tiré al sofá—. Ven aquí.
—Espera, preciosa —Se apartó de mi boca hambrienta y me sacó literalmente de encima. Dios, qué bien sonaba preciosa dicho con su voz—. Necesito ir al baño un segundo, no te vayas.
Me dejó sentada en el sofá, pensando en si se había largado porque necesitaba vomitar o una raya de coca. Me di cuenta de que no había tele. Delante del sofá, solo había una gran ventana sin cortinas. El amanecer empezaba a desteñir el negro del cielo, iluminando el salón con una tenue luz verde azulada, demasiado temprano todavía para el dorado del sol.
Inspeccioné un poco mejor la casa mientras esperaba. No había apenas decoración, las paredes estaban desnudas de cuadros y fotos. Eso, sumado a la disparidad entre los muebles (incluso entre sillas), daba la sensación de ser un hogar meramente temporal, en el que cada inquilino trajo un par de cosas para sobrevivir y punto.
Clinc, clinc. El sonido de un cascabel condujo mi vista hasta lo alto de una vieja vitrina que debía ser de los antiguos propietarios. Clinc, clinc. Me sobresalté al toparme con unos ojos brillantes, que me observaban desde lo alto. Pertenecían a un gato sin pelo y de grandes orejas, de esos que tanto repelús le dan a mi madre. Con la ciudad todavía encamada, en aquel salón, lo único que rasgaba el silencio era el tintineo de su cascabel, que sonaba a cada pequeño movimiento del felino.
El gato me miraba fijamente, con tanta intensidad que me incomodaba. Tras unos segundos, aparté la mirada, pero seguía sintiendo la suya, punzante, sobre mi cogote. Quizá me había pasado bebiendo, pero sentí que trataba de decirme algo. Lo miré de nuevo.
Me pareció que asentía, más por el sonido de su cascabel que por el movimiento en sí, y acto seguido dirigió sus saltones ojos amarillos a la enorme ventana por la que cada vez entraba más luz. Repitió el proceso varias veces: me miraba a mí, y luego, a la ventana. Clinc, clinc.
—Quieres… ¿Quieres que te abra la ventana? —pregunté, sin pensar en que mi anfitrión podría pensar que estaba loca.
Clinc, clinc.
Miré a través del cristal. Era un quinto piso, y no veía cornisas ni salientes a los que pudiera saltar el gato desde allí.
Clinc, clinc.
—Como quieras… —Abrí la ventana y me aparté.
El gato saltó al suelo, haciendo protestar al cascabel. Desde allí, saltó de nuevo al marco de la ventana, donde se sentó y me dirigió una última mirada, un último clinc, antes de saltar al vacío.
—¡Joder! —Grité, lanzándome a la ventana. Pero no había ni rastro del gato.
Mi ligue apareció por donde se había ido en ese momento, preguntándome por qué gritaba.
—Tío, creo que he matado a tu gato —le solté, temblando.
—¿De qué coño hablas? No tenemos gato.
Clinc, clinc.
R había vuelto con dos vasos de agua, y me ofreció uno.
—¿Estás bien? —me preguntó, invitándome a sentarme con él en el sofá.
Fui a beber del vaso, pero de nuevo: clinc, clinc. Se me cayó de las manos. R miró los cristales y el agua desparramada por el suelo del salón, y luego a mí, visiblemente mosqueado.
—¿Lo has oído? —pregunté, temblorosa.
—¿Que si he oído el qué? —su voz se volvió más grave todavía.
—¡El cascabel! El gato que había aquí lo llevaba, y no deja de sonar. ¡Pero el gato ya no está! Ha saltado por la ventana, ¡yo se la he abierto!
—Estás como una puta cabra —soltó, sin esforzarse en disimular su cabreo. Empezó a recoger los pedazos más grandes de cristal con los dedos, agachado en el suelo, mientras murmuraba para sí algo que no llegué a entender. Solo alcanzaba a sentir el grave retumbar de su voz.
Clinc, clinc.
El sonido venía de la puerta de entrada. Vi que estaba abierta. En el umbral, el mismo gato me miraba fijamente, sentado, y agitando la cola violentamente.
Algo iba mal. No sabía por qué, pero lo sentía así. El corazón me latía en las sienes. Los ojos amarillos del gato y los movimientos de su cola empezaron a provocarme náuseas, o quizá fueran los chupitos de tequila; el caso es que necesitaba salir a tomar aire fresco.
Me levanté del sofá y pasé por encima de R, que seguía recogiendo pedacitos de cristal. Noté un dolor punzante y luego una calidez húmeda en la planta del pie. No me molesté en sacarme el cristal ni en coger los zapatos. Por algún motivo, no podía apartar la vista del gato. Me dirigí a él, sintiendo que no llevaba los hilos de mi propio cuerpo.
Clinc, clinc.
El gato se levantó y empezó a andar hacia el ascensor. Lo seguí.
—¿Adónde coño vas? —R salió a buscarme y me agarró por el brazo con fuerza—. Lo estás dejando todo perdido de sangre, ¿es que no te has dado cuenta?
—Me estás haciendo daño —le dije, sin dejar de mirar al gato, que había vuelto a sentarse y me observaba con la cabeza ladeada.
Clinc, clinc.
Esta vez, el tintineo provenía de R. Me giré, confusa. Sus manos me aferraban con fuerza, pero no eran manos lo que veía ahora: eran garras. Sus cejas dibujaban una gruesa V en su rostro, enmarcando unos ojos que, donde fueron grises, eran de un profundo y vacío negro, y donde fueron blancos, habían aparecido miles de hilos rojos, pequeños vasos sanguíneos a punto de estallar. Su boca se había crispado en una suerte de sonrisa inversa, enseñando sus dientes blancos de depredador, y todo su rostro recordaba a una máscara de yokai japonesa. Su voz grave, que me ordenaba que entrara de nuevo sin cesar, me recordaba ahora al gruñido de un perro rabioso.
Chillé, asustada, e intenté zafarme de sus zarpas, pero tenía demasiada fuerza. Aunque no sentía dolor, empecé a marearme tras ver el charco de sangre que estaba dejando en el suelo por la herida del pie, y también porque sabía que me estaba acercando irremediablemente cada vez más a la puerta de R.
El gato empezó a rascar con las uñas la puerta de enfrente. Clinc, clinc, clinc, clinc. El sonido de su cascabel no dejaba de resonar en mi cabeza.
De repente, un vecino abrió la puerta. Era un hombre de mediana edad, con el pelo corto y canoso despeinado, gafas rectangulares de montura fina, y una bata de lana anudada que le llegaba hasta las rodillas. Me recordó a mi padre.
—¿Qué está pasando aquí? —Preguntó, con la voz aún dormida pero firme—. Deja a la chica en paz ahora mismo o llamo a la policía.
En ese momento, pareció reparar por primera vez en el rastro de sangre del suelo, y abrió bien los ojos, despertando del todo. Se giró hacia el interior de su casa, sin dejar de mirarnos:
—¡Marian, llama ahora mismo a la policía! ¡Diles que se den prisa!
R me soltó de repente con un bufido, se metió en casa, y cerró de un portazo, dejándome fuera, descalza y sin chaqueta ni bolso. Caí al suelo. Sentía la sangre calándome los pantalones.
—¿Estás bien? ¿Te ha hecho daño ese degenerado? ¿Te llevo al hospital?
Sin levantarme, me arranqué el cristal clavado en el pie con la punta de los dedos y me presioné la herida con el calcetín. El gato se acercó a mí con pasos firmes. Se me restregó por el muslo y se acomodó entre mis piernas. Sentía la vibración de su ronroneo por todo el cuerpo. Le acaricié la cabeza, y me sorprendió la suavidad de su piel desnuda.
Clinc, clinc.
Apoyé la cabeza en la pared del pasillo. Volvía a sentirme dueña de mí misma por primera vez en mucho rato. Incluso la embriaguez que me había obnubilado los pensamientos hasta hacía poco, parecía haberse esfumado de repente. Aun así, el ronroneo del gato me inducía al sueño como una nana, y apenas me quedaban fuerzas para resistirme a su hechizo.
—No se moleste, señor —alcancé a decir, exhausta—. Solo necesito ir a casa y dormir.
—¿Estás segura? —Asentí—. Deja que te acerque en coche al menos. ¿Vives muy lejos?
Cuando Martín, el vecino salvador, salió vestido de casa dispuesto a llevarme en coche, el gato saltó de mis piernas al suelo. Clinc, clinc. Se alejó caminando hacia la escalera de incendios, con la cola bien alta, y entonces me di cuenta de una cosa: aunque el suelo a mi alrededor estaba manchado de sangre, sus pisadas no dejaron huellas.








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