Parte I: Roger’s Creek
Las calles de Londres carecen de vida cuando el día todavía se encuentra debilitado por la sombra de la noche. La humedad de la mañana empapa las avenidas como una suave lluvia invisible, y el viento apenas sopla con la fuerza suficiente para mover unas sábanas olvidadas en un tendedero la noche anterior. No se oyen más que los primeros cantos de los pájaros y unos pasos lejanos. No se huele más que la masa caliente que pronto alimentará a la ciudad en forma de pan y bollos dulces. Algunas casas abren sus ventanas para dejar entrar a la brisa navideña; los gatos vuelven a casa y los perros salen a pasear. Unos pocos hombres vuelven tambaleantes a sus hogares apestando a ginebra y cerveza, dando por concluida su jornada cuando el resto de la ciudad la empieza.
A medida que el sol se eleva entre los edificios y el color regresa la ciudad a la vida, la orquesta urbana va afinando sus instrumentos y el público va llenando las calles. Los carromatos empiezan a ocupar las vías principales y los comerciantes celebran sus primeras ventas. Los parques se abarrotan de trabajadores y ancianas paseando sus huesos por las calles polvorientas.
Flores frescas en los jarrones, vasos con leche caliente en la mesa de la cocina, agua fría para ayudar a abrir unos ojos que siguen soñando. Los niños empiezan a saltar de la cama para empezar un nuevo día. Algunos dan un beso en la mejilla a su madre posándose sobre las puntas de sus pequeños pies, otros son recibidos con una pequeña bata de lana para no desprenderse de la calidez de las sábanas. No es el caso de ninguno de los niños de Roger’s Creek.
Huérfanos, repudiados, bastardos: hijos de prostitutas, borrachos y muchachas de alta cuna. Vidas condenadas a la miseria nada más crearse, atraídas entre ellas bajo las vigas podridas de un viejo establo. O al menos así empezó todo. Lo que antes era un refugio en ruinas, era ahora una fortaleza que contaba con varios edificios y llegaba hasta la orilla del Támesis. Entre curtidurías y mataderos, los niños habían acostumbrado sus tiernas naricillas de duende a los hedores del sur de Londres y habían asentado allí su reino. Contaban con algunos aliados que, a sabiendas o no, entregaban sus sobras y algunos víveres a los pequeños recolectores; disponían también de brigadas que patrullaban las calles de las zonas más pudientes en busca de limosna. Los más rápidos y espabilados se encargaban de conseguir aquello que necesitaban por vías menos conciliadoras cuando el trabajo de los grupos anteriores no resultaba suficiente. Los más mayores se encargaban del cuidado de los más pequeños y de las relaciones diplomáticas con agentes de la autoridad y los vecinos problemáticos. Algunos otros pescaban desde la orilla, iban a por agua y medicinas, o se encargaban de construir y reparar su fortaleza. Aunque, de entre todos los grupos, había uno que era especialmente respetado entre los habitantes de Roger’s Creek: los soldados.
Los soldados eran los protectores de todos los niños. Aquellos que salían a defender a los ladronzuelos cuando algún comerciante los atrapaba con los bolsillos llenos de nueces, los que buscaban a sus compañeros desaparecidos, los que se enfrentaban a todo aquel que quisiera destruir o amenazar su pequeño reino. No les importaba mancharse las manos de barro y de sangre siempre que fuera con el fin de proteger a los más vulnerables. Por ello, gozaban del respeto y la admiración de todos los demás niños, que aspiraban a ser como ellos al crecer.
Había un total de nueve soldados, y Kurt era su capitán. A sus catorce años, había conseguido ganarse el puesto de líder por su valor y su gran carisma, pasando incluso por delante de aquellos más mayores, que acataban sus órdenes sin rechistar, e incluso podría decirse que con gusto.
Kurt era un muchacho alto, de espaldas anchas, ceño fruncido y sonrisa fácil. Se encargaba de patrullar las calles con sus muchachos, con la altivez de cualquier oficial del ejército, y con la mirada llena de dignidad. Se les distinguía de los demás niños de Roger’s Creek por sus boinas rojas y su andar firme y seguro. Mientras los más pequeños, más acostumbrados a huir y escabullirse, caminaban con paso ligero y sigiloso, las nueve boinas rojas hacían sonar sus pisadas y se aseguraban de dejar sus huellas en el camino. Muchos adultos los conocían y los respetaban, y otros tantos los temían y evitaban.
Kurt y sus chicos llevaban siempre los bolsillos repletos de canicas de piedra y vidrio oscuro sin pulir, y, al verlos pasar, más de uno se llevaba la mano inconscientemente allá donde, en su día, uno de esos inocentes proyectiles abrió una brecha. Había pocos días en los que no se escuchaba el sonido de una de aquellas esferas rodando por el suelo tras un grito de dolor y algún exabrupto. Los soldados protegían su territorio como las leonas de la sabana a su camada, con fiereza y valentía. Aun así, nueve soldados no siempre eran suficientes para proteger a todos los niños: decenas de muchachos llegaban a diario a Roger’s Creek, pero generalmente, otros tantos desaparecían.
Con el amanecer, no era extraño ver llegar cuerpos inertes y putrefactos bajando por el río. Entre todos, los rescataban y trataban de despedirlos con dignidad. Había un sacerdote, el Padre Hughes, que llevaba más de un lustro bautizando, bendiciendo, dando limosnas, y celebrando funerales para aquellos pobres niños.
Lo adoraban como a un dios, lo acompañaban como sucios ángeles sin alas.
Puedes continuar leyendo esta historia aquí.









Deja un comentario